El Horno de barro y la Lora Facunda

Cuento el Horno de barro y la Lora Facunda

En un pueblo lejano vivía un viejo llamado Rodolfo quien toda la vida había estado acompañado por una Lora a la cual llamaba Facunda, la lora era muy lista y había aprendido a hablar y a trabajar con el viejo Rodolfo.

Rodolfo desde niño preparaba galletas de limón y eran sus galletas las mejores de aquellas tierras y sus alrededores, nadie las preparaba igual. Todo aquel que probaba una compraba otra y otra y otra y otra…

El viejo Rodolfo vivía de lo que trabajaba, solo había aprendido aquel arte. Su padre le había dejado en herencia un viejo horno de barro, tan grande que podía asar en él tantas galletas como quería.

Todos admiraban la labor de Rodolfo y la invaluable ayuda de su Lora quien era la encargada de vigilar las pailas en el horno y ayudaba a Rodolfo a sacar y transportar las galletas a gran velocidad.

Facunda no paraba de volar y cantar mientras ayudaba a su viejo amigo y dueño en las labores, eso hacía que el trabajo de Rodolfo fuera más agradable cada día.

El viejo apreciaba tanto a su compañera Facunda que no la dejaba que trabajara más de la cuenta. Siempre estaba pendiente de su descanso y alimentación.

Con el pasar del tiempo, Rodolfo era tan, pero tan famoso que un prestigioso Rey de una comarca cercana probó sus galletas de limón y quedó fascinado, tanto le gustaron que envió a sus súbditos a comprar todas las galletas que produjera el viejo Rodolfo en una semana.

Rodolfo tenía que trabajar día y noche para poder cubrir todos los pedidos y que la gente de los pueblos cercanos a él no quedaran sin las deliciosas galletas que acompañaban los desayunos y meriendas de muchos hogares a su alrededor.

Llegó el momento en que tanto el viejo como la Lora y el horno no daban abasto y empezaron a sentirse agotados, la gente se preocupaba también porque el Rey pedía tantas galletas que no alcanzaban para los demás habitantes de aquel lugar.

El cansancio les ganó y juntos se sentaron a descansar largas horas puesto que sus fuerzas se habían esfumado de tanto trabajar. Las risas y el canto de la Lora facunda ya no se escuchaban, el humo y el ruido de las pailas y el fuego del horno no salía y el viejo Facundo ni hablar podía.

Todos en los pueblos cercanos murmuraban al respecto hasta que el Rey se enteró de lo que estaba sucediendo. De inmediato bajó a aquel pueblo y visitó a Rodolfo, pero el pobre viejo se hallaba muy desalentado. El Rey quiso ayudar y tratar de resolver la situación que aquejaba a todos.

Reunió a sus sirvientes y les ordenó que fueran a la gran ciudad y compraran el horno más grande y moderno que hallaran, que fuera eléctrico y de gran capacidad, a otros los envió a casa de Rodolfo para que les enseñara la receta de aquellas deliciosas galletas de limón y así lo hicieron, los sirvientes del rey aprendieron y entre todos comenzaron a amasar y preparar.

Al llegar el gran horno todo fue más fácil y rápido, pues había ya muchos hombres preparando y asando, tanto que ya la Lora Facunda no era indispensable y el viejo horno de barro había quedado en el olvido.

Cuando el viejo Rodolfo vio la tristeza de facunda y de su horno de barro pensó que no era justo que sus compañeros de toda la vida habían quedado relegados y olvidados y quiso hacer algo por ellos.

La Lora Facunda quien ya había recobrado sus fuerzas propuso al viejo darle nueva vida al horno de barro, para lo cual lo limpiaron, lo pintaron y dentro de él colocaron muebles, decoración y lo convirtieron en su nuevo hogar.

Desde entonces Facunda, Rodolfo y el viejo Horno permanecieron juntos y felices por siempre. La producción de galletas de limón crecía y crecía…mientras ellos felices vivían haciéndose el uno al otro compañía.

FIN

©Versión de Ross Durango / Lic. en español Y literatura

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