La ranita presumida

La ranita presumida

Había una vez una rana muy trabajadora y dedicada, cuya sobrina se pasaba todo el día sin hacer nada, sentada frente al espejo.
“¡Qué preciosa soy!” repetía por el día, por las tardes y por las noches.
Un día tía rana halló una moneda de oro mientras regresaba a casa.
Al momento, la rana pensó ¿Cuántas cosas podría comprar con la moneda de oro tan brillante? pero lo más importante para ella, era su sobina, por lo que decidió obsequiársela sin dudarlo un segundo.


No compres nada inútil! le dijo la tía a su sobina cuando se disponía a marcharse.
Al llegar al mercado, la ranita presumida adquirió una cinta de color verde, le encantó como lucía de bella en su cabeza.
Ahora seré más bella aún, pensaba la ranita.
De regreso a su casa, se encontró con el señor gallo, quien le planteó trabajar en su granja, pero la ranita respondió:

Lo siento querido gallo, no me gusta levantarme temprano.
Después, se halló con un perro cazador, quien estaba necesitado de una buena compañera de caza.
Lo siento querido perro, pero no me gusta correr y andar agitada, contestó la pequeña y se despidió con un hasta luego.
Finalmente, salió al encuentro de la ranita un gato gordito de bigotes enormes.
Hola, ranita ¿Quieres trabajar conmigo?
No deberás levantarte temprano ni correr, le dijo el gato acercándose de forma lenta.
La ranita, tan alegre, le preguntó a qué se dedicaba.

A devorar holgazanas como tú y se abalanzó sobre la ranita en un santiamén.
La suerte, es que el perro cazador se encontraba cerca y espantó al gato de un mordisco.
Entonces, la ranita retornó a casa de forma rápida a contarle a su tía la esencial lección que había aprendido.

©Versión de Ross Durango / Lic. en español Y literatura

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